domingo, 13 de enero de 2013

Eighteen

*Narra Rose*
-¿Me vas a decir ya a donde vamos?
-Te voy a dar una pista.
-¡Vale!
-No necesitamos el coche.
-Eso no me ayuda mucho.
Después de andar un poco llegamos al London Eye. Odio las norias desde los cinco años.
-Aquí es.-dijo señalando triunfal hacia ese artefacto morta.
-¿Vamos a subir?
-Claro, tu sorpresa solo se puede ver desde allí arriba.
-Genial.-susurré.
No había nadie, así que pagamos, mejor dicho, pago Liam y nos montamos. Me empezaron a temblar las piernas.
-Rose, ¿estás bien? Te noto nerviosa.
-Oh, no te preocupes, estoy perfectamente.
-Pues no lo parece. Agarras el bolso como si fuese a salir corriendo.
La noria dio un pequeño traspié y casi se me sale el corazón del por la boca. Liam cogió mi cintura y me sentó en su regazo. Sin pensarlo siquiera me abracé a su cuello como si me fuese la vida en ello.
-Rose, mira hacia abajo un momento.
-No puedo, enserio.
-Por favor.-susurró en mi oído.
Giré la cabeza y lo vi, en la base de la noria, cientos de velas formaban dos palabras: TE QUIERO
-Yo también.-musité y nos unimos en un cálido beso.
Cuando bajamos de la noria fuimos a cenar al mejor italiano de Londres. Después del postre dimos un paseo a la orilla del Támesis.
-¿Quieres venir a mi casa y nos tomamos un café? Empieza a refrescar y no quiero que cojas frío.
-No quiero molestar...
-Ahora eres mi novia y nunca vas a molestarme.-dijo mientras besaba mi frente.
Llegamos a su casa y nos sentamos en un precioso sofá estilo rococó.
-¿Café?
-Si gracias.
-Solo.
-Claro.
Al poco llegó con una bandeja con dos tazas y una cafetera italiana.
-Estás un poco pálida. La noria no fue una buena idea.
-La verdad es que odio las norias, desde que me quedé encerrada en una con cinco años.
-No lo sabía, lo siento, debiste de pasarlo fatal antes. ¿Hay algún detalle más que desconozca sobre ti?
-Soy diabética. Por eso tomo el café solo. A veces me desmayo, por eso siempre llevo caramelos en el bolso.
-Eres realmente...
-¿Realmente?
-Frágil.
-Siempre he sido delicada de salud. Carlota me pasaba todos los catarros cuando éramos pequeñas y yo me ponía el doble de mal que ella.
-Ala, pues Harry también se pone malo enseguida. Va a dar gusto verles en invierno.
-Jajajaja cierto cierto. Me tengo que ir, ya es muy tarde.
-Puedes quedarte a dormir aquí.
-Pero no tengo pijama ni nada.
-No te preocupes, ya te dejo yo algo.
Me prestó una de sus camisetas y nos dormimos juntos y abrazados.


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